7.10.12

A PROPÓSITO DE MANOLETE


La trágica vida de Manolete se debate entre el acercamiento al franquismo y su amor por Lupe Sino. Con su muerte, el torero marcará la memoria popular de la posguerra española.

A finales de agosto de 1947, el pueblo de Linares se prepara para celebrar la feria de San Agustín con una corrida de cartel: un Manolete cada vez más cuestionado se presenta para defenderse de sus críticos. Días después, su madre, ya viuda, recibirá de W. Churchill la siguiente epístola:“Señora: con gran sentimiento he sabido la muerte trágica de su hijo en Linares, y le mando la expresión de la más profunda simpatía que sentía hacia él”.
Con su muerte dramática y prematura, Manolete pasa de ser la más conocida figura de España a ser su más famosa leyenda. Thánatos aparece, como si de dramaturgia se tratase, en un escenario ideal: en el ruedo, con sus espectadores, su verdugo con cornamenta y su instantánea para la historia. Francisco Cano, único fotógrafo en la plaza de Linares, plasmó la cornada mortal, la imagen que fraguó la leyenda de Manolete. La muerte se coló la tarde del 28 de agosto de 1947, en forma de toro Miura, de cuernos afeitados y de nombre Islero.  La noticia se expandió tan rápidamente como el hambre de la época. El país que llevaba oliendo la muerte hacía más de una década llorará la ausencia del torero. Con su defunción nace un mito que, para bien o para mal, llega incluso a nuestros días. Manolete traspasa el mundo de lo taurino y su época, sobreviviendo a su propia muerte. Su figura nos llega en forma de sonetos, canciones, anécdotas, caricaturas, nanas, películas, todos los mecanismos de expresión de la memoria colectiva. Manolete es parte de la cultura popular.
La creación del mito, sin embargo, distorsiona la realidad. Las creencias se convierten en verdades, y los hechos que conforman una vida se diluyen con el paso del tiempo. Como sucede en el caso de piratas legendarios o pintores bohemios, con nuestro torero debemos discernir entre su vida real y la criatura que la imaginación popular ha hecho de Manolete. Es necesario dilucidar entre el mito y la realidad.
Imagen del blog Veterinarios taurinos de Andalucía

Manuel Rodríguez Sánchez, Manolete, nace el 5 de julio de 1917 en la ciudad de Córdoba. De tradición torera, su família vive humildemente. Manolete gastará las tardes jugando al toro por las calles de la ciudad. Crecerá viendo triunfar a Belmonte, que revolucionó la manera de lidiar. El recuerdo de la muerte de Joselito el Gallo en el ruedo, acentúa la imaginación del pequeño Manolete. Jugando a torear a otros niños, sueña con ser Joselito. El mito de la muerte en el ruedo, personificado en Joselito, ya llena los pensamientos del pequeño Manuel.
Al hacerse mayor, empezará a despuntar como joven novillero. Pero el alzamiento militar de 1936 marcará un punto de inflexión en la tauromaquia, como en todos los aspectos de la vida en España. En el contexto de Guerra Civil, se celebrarán corridas en los dos bandos. Nuestro joven novillero irá sumando prestigio en el lado nacional. A sus 19 años, se incorpora en el cuerpo de artilleros de los nacionales, y participa en las “Fiestas Patrióticas”: celebraciones taurinas que pretendían “levantar el ánimo” de las tropas franquistas. Así empieza su unión al franquismo, que parece más fruto de las ganas de triunfo profesional que de una convicción ideológica. Posteriormente, se extendió una leyenda infundada según la que Manolete descabelló presos rojos en la plaza de toros de Badajoz.  
En 1939 toda España ha caído a manos de los nacionales. El país está desgarrado por la guerra y Franco se erige como jefe del nuevo estado totalitario. La represión y una economía arruinada por la guerra asolan a la población. Las instituciones republicanas se refugian en el lejano México. Cruzando los Pirineos se encuentra el resto de Europa, militarizada y a punto de estallar. El panorama, es pues, desalentador. La maquinaria franquista necesita distraer a la población, y qué mejor que las corridas de toros, en las que ven el reflejo de su nueva España: la virilidad y la gallardía del torero pueden simbolizar los valores que promueve el régimen.
En este contexto, Manuel Rodríguez tomará la alternativa. Un 2 de julio de 1939 el joven Manolete es coronado como torero, dejando la época de novilladas. La alternativa del matador en Sevilla ejemplifica la politización de la época. El toro con el que debía lidiar se llamaba <<Comunista>>, e inmediatamente fue sustituido por el nombre de <<Mirador>> por las autoridades locales franquistas. Nuevo nombre para el nuevo régimen.
A la necesidad de la dictadura de reactivar las corridas se suma el deseo del recién nombrado matador de conseguir el éxito que de niño había visto en Belmonte y Joselito. Estamos a inicios de los 40, un período oscuro en España. La posguerra obliga al racionamiento, los sueños de que las tropas aliadas liberen España del gobierno militar se diluyen lentamente, las cárceles se llenan de “traidores”, y los activistas republicanos se resignan al exilio forzoso. En estos cinco años la popularidad y los éxitos de Manolete alcanzan su cenit. Con la temeridad, el riesgo, la elegancia que demuestra en los ruedos, conquista la admiración de la península. En vista del fulgurante éxito, el franquismo no duda en presentarlo como el ideal de su España. Sus corridas eran presenciadas por espectadores que habían luchado en los dos bandos durante la guerra, así que era un gran escenario para la propaganda. De este modo se pretenderá usar la imagen de Manolete para mostrar las virtudes del régimen. Con su toreo se desea aunar los valores franquistas en la figura de Manolete. Quién mejor que el más popular para personificar el ideario del nuevo estado? Tal como Demetrio Gutierrez Alarcón expone en su libro Los toros de la guerra y del franquismo (ed. El mundo en que vivimos), los intelectuales afines a la dictadura hicieron apología del matador cordobés. Resultó ser la cara bonita del régimen. Y las corridas de toros resultaron ser la “Fiesta
Nacional”.
Pero como en tantas ocasiones, esta relación entre el poder el y oportunismo, entre el franquismo y el torero, empezó a descarriarse. Se puede establecer un punto de inflexión, un único elemento que consigue cambiar el rumbo de nuestra historia. Y éste es Lupe Sino. La relación pasional de Manuel con una aspirante a actriz ansiosa de vida bohemia, no sólo lo enfrentará a su madre doña Angustias, sinó que lo hará también con la dictadura que tanto lo había mimado.
Antonia Bronchalo, conocida como Lupe Sino, marcará la trayectoria del torero, acrecentando aún más la leyenda. En el imaginario colectivo, la bella Lupe ejercerá el papel de avariciosa y malcarada, una femme fatale a lo castizo. Se la acusará repetidamente de buscar una boda imposible con Manolete, incluso después de su muerte.  Fue pues, una relación vigilada por todos, discutida por todos. El diestro y su amada se conocieron en 1943 en Chicote, templo alcohólico de la élite. En ese rincón de la Gran Vía madrileña nació la pasión que supondría el eje de los problemas de Manolete.
Lo cierto es que Lupe Sino estaba en las antípodas del régimen. Se había casado con un militar republicano, era independiente, con una personalidad arrolladora. De su mano, Manolete empezó a frecuentar amistades y ambientes distintos a los anteriores. Absorto en su noviazgo, el matador dejó de tener el apoyo propagandístico del régimen, que veía con temor los escándalos de la pareja. El mundo que tanto le había arropado, de repente le daba la espalda.
Imagen del blog Cyber Sp@in


Cansado de una presión a la que no estaba acostumbrado, acaba su temporada taurina en España. A finales de 1945 su cuerpo de débil naturaleza flaquea más de lo habitual. Ha recibido muchas cornadas y se siente incómodo en una España que censura su relación con Lupe Sino. Así que decide embarcar para México, y hacer la campaña hivernal americana. En el país de los exiliados republicanos es recibido como un héroe, como hasta hace poco tiempo era tratado en la península. En los ruedos mexicanos, en medio de banderas republicanas, vuelve a saborear el éxito y el calor del público. Junto a su Lupe Sino, se relacionará con insignes republicanos, como Juan Negrín o Indalecio Prieto. Descubrirá el whisky y la cocaína, y festejará a Lupe lejos de los ojos de su madre y la dictadura. Junto con los exiliados republicanos, Manolete vivirá un exilio voluntario.
Una vez finalizado el triunfal periplo mexicano, la pareja viaja a Nueva York para descansar unos días. Manolete debe decidir si vuelve a torear en los ruedos españoles. A pesar de sus reticencias, acuerda con su apoderado lidiar un número reducido de corridas.
En tierras españolas, su relación con Lupe debe materializarse en encuentros clandestinos, lo que le genera una tensión inusitada. Además, la propaganda franquista le sigue rechazando. Por todo ello, decide que esta será su última temporada. Una vez terminados sus compromisos de 1947, quiere abandonar el toreo. Sus últimas corridas estan llenas de tristeza. Los quebraderos de cabeza no le abandonan delante del toro y su lidia es aún más trágica y peligrosa. La tragedia se acentua con los repetidos abucheos del público, que no le perdona su predilección por las tierras americanas.
Abatido, resignado a su suerte, Manolete llega a Linares para torear su último toro. Poco antes de la salida al ruedo, se reúne con Luis Miguel, su pareja de cartel. Según afirma Carlos Abella en su libro “De Manolete a José Tomás”, a la vez que comparten un cigarro, el matador le anuncia su retirada del toreo. Y Manolete augura a su compañero <<tu serás el más perjudicado, pues heredarás mis enemigos>>. Con este ánimo, Manolete cita al toro Islero la tarde del 28 de agosto de 1947. A las 18:40, el Miura le cornea provcándole una herida mortal. Diez horas después, Manolete muere en el hospital de los Marqueses de Linares.      


El ansiado México
Es curioso observar cómo Manolete no es el primer torero en tener el ansiado respiro en México. En su biografía de Belmonte, Manuel Chaves Nogales pone estas palabras en boca del matador sevillano: “Cuando volví hacia España traía la añoranza de México. España era, para mí, la contención, el freno a los instintos, el tacto, la prudencia, la tenacidad, el sentido de continuidad. Exactamente lo contrario que México. Y cuando volví fui un poco mexicano durante un tiempo.” Lo podría haber dicho el mismo Manolete.